EL TÓPICO

A matacaballo

Publicado el 05-07-2010 por Pilar Cambra.

Pongamos que nuestro trabajo fuese un caballo… ¿Quién no ha caído en la tentación de dejarlo pastar a sus anchas, de aplazarlo hasta que se hace inevitable picar espuelas para rematarlo?

Ustedes ya conocen mi pasión por las palabras –clara, aunque no malsana, deformación profesional–; y la expresión "a matacaballo" me fascina: es una de esas invenciones del lenguaje que se "ve"… O sea: se "ve" como alguien espolea el corcel de esos deberes personales o profesionales que ha ido dejando de lado, en la bandeja –real o metafórica– de "cosas que tengo que hacer", hasta que el tiempo y los imperiosos requerimientos de nuestros jefes, colegas o subordinados se nos echan encima bien sea con gritos, bien con susurros. Tanto da…

El caso es que el plazo se acaba: la tarea tendría que estar concluida; el objetivo, alcanzado; el trato, cerrado; la negociación, terminada… Pero como no es así, entonces nos montamos de un salto sobre el pobre jamelgo de nuestros deberes laborales a los que hemos ido dando larga (y largas y largas…) y, picando espuelas, nos lanzamos a un carrerón que deja al cuitado caballo –nuestro trabajo– más muerto que vivo, cuando no muerto del todo… Es como esa escena inevitable en toda película clásica del Oeste en la que el jinete bueno persigue al malo hasta que su caballo comienza a soltar espuma por todos los poros de su equino cuerpo, saca la lengua reseca y se tumba en las arenas del Valle de la Muerte para no volverse a levantar…

Hay quien –como es el caso de mi santa madre–, cuando nos ve desesperadamente acelerados a fin y efecto de tener acabada para hoy la tarea que debimos finalizar hace una semana, exclama: “¡Haaaala, ya estás trabajando a la tremenda, a las bravas!”… Y, francamente, no nos lo dice con expresión satisfecha o complaciente –al menos, no en el caso de mi santa madre– sino con un evidente tono de reproche: como si estuviera claro que, lanzándonos a matacaballo, nuestro trabajo adolecerá de defectos, tendrá taras y su calidad se verá inevitablemente manchada por la chapuza.

¿Y saben qué?: ¡que así es!... No sé si, como se suele decir, las prisas son las peores compañeras de una tarea que deseamos que sea buena, perfecta; pero sí estoy segura de que las prisas son unas coleguitas pérfidas, traidoras y nada recomendables… Especialmente cuando se cuelgan del brazo, de nuestro trabajo, por nuestra culpa, nuestra gran culpa.

A lo largo de nuestra vida profesional se presentarán múltiples, innumerables ocasiones en las que trabajar a matacaballo será algo impuesto por las circunstancias empresariales y no fruto de nuestra desidia, de nuestra pereza, de nuestro exceso de confianza en nosotros mismos y nuestras capacidades… Ya saben: de ese "yo soy más rápido que el viento y resuelvo cualquier problema laboral en dos segundos y en un palmo de terreno… ¡Pues bueno soy yo para correr!"… ¡Ay y que perniciosa es esa convicción de creernos todos "hijos del viento" en nuestro desempeño profesional!

Sin embargo, como he dejado ya escrito, el lanzar a toda carrera el corcel de lo que debemos hacer –y no hemos hecho– es, en la mayoría de los casos, fruto de un mal cálculo, de esa tendencia de nuestra "naturaleza laboral" a ir aplazando la realización de nuestro deber porque ¡se está tan ricamente sesteando en los laureles!

Pues bien: según mi propia experiencia –que no es manca, se lo aseguro–, las consecuencias de estas carreras de última hora –muy frecuentes ahora, cuando se aproximan las vacaciones y lo acumulado bandeja real o metafórica de "cosas pendientes" suele alcanzar la altura de un Himalaya– son nefastas… Muy requetemalas, de verdad.

En primer –pero no principal– lugar, trabajar a matacaballo es llevar todos los números en una rifa de justa bronca por parte de jefes, colegas y subordinados: "¿No te das cuenta de que tu retraso nos afecta a todos?, ¿no eres consciente de la cantidad de cosas importantes que dependen de tu puntualidad, de tu cumplimiento o incumplimiento de los plazos previstos?, ¿crees que los demás, los que sí hemos realizado nuestra tarea en tiempo y forma, somos tontos de baba y tú, en cambio, el más listo del pueblo?"…

Pero, como digo, eso no es todo… Ni siquiera lo más importante… La carrera a matacaballo suele convertir lo que podría haber sido una obra perfecta –o un documento impecable; o una negociación exitosa; o una venta extremadamente rentable– en una especie de armatoste mal rematado, frecuentemente inútil e inservible para los objetivos que nos habían –o nos habíamos– marcado… Un trabajo, en fin, que no hay por donde coger: un mal trabajo… Así que ¡ojo con el caballo, con la relación trabajo-tiempo! Porque, o lo respetamos y mimamos, o nos coceará. Eso es lo tiene de curioso y peculiar el tiempo, nuestro tiempo: que, en lo que se refiere a nuestro desempeño profesional, deberíamos administrarlo con más cuidado, respeto y prudencia que nuestro dinero, ¡que ya es decir!

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