
LA COLUMNA
Publicado el 30-06-2010 por Lucy Kellaway, columnista de Financial Times.
La semana pasada, tras la eliminación de Francia del Mundial y la mala actuación de Inglaterra, recibí un correo electrónico de una firma de consultores de mánagement. El problema, explicaba, era que los entrenadores del equipo actuaban como hombres. Si se hubieran comportado un poco más como mujeres, buscando el consenso y preocupándose, es posible que hubieran convencido a sus jugadores para meter la pelota en la red con bastante más frecuencia.
Los percances del fútbol no son más que la última de una serie de catástrofes de las que se puede culpar al exceso de miembros del género masculino en los cargos de responsabilidad. Cuando quebró Lehman Brothers, muchos dijeron que si se hubiera llamado Lehman Sisters las cosas podrían haber terminado de forma distinta. Lo mismo se expone ahora en el caso de BP: si las mujeres hubieran estado al frente, puede que la seguridad hubiera sido la máxima prioridad y el planeta habría estado más seguro.
Gran parte de todo esto no son más que estupideces, pero con el fútbol, dudo de descartar la idea. El miércoles me alegré en tres ocasiones tras ver a Inglaterra marcar tres tantos consecutivos, hasta que mis compañeros me explicaron que los dos últimos eran repeticiones mostradas desde tres ángulos diferentes.
Aún así, por lo menos sé que los tertulianos tampoco saben de lo que hablan. Algunos decían que Inglaterra necesitaba más pasión. Otros, que menos. Nadie tenía ni la más remota idea sobre cómo funciona realmente la extraña alquimia del fútbol. Pero una cosa está clara. Si el fútbol se volviera más comprensivo y participativo, no resultaría divertido, y los clubes desaparecerían.
Además, los entrenadores ya hacen demasiada gala de su lado femenino –al menos, en lo relativo a su pelo–. El uniforme color marrón del cabello de Fabio Capello y las melenas de intenso color negro de Joachim Löw y Diego Maradona, entrenadores de Alemania y Argentina respectivamente, sugieren que los tres entrenadores son adictos a Grecian 2000. Si fuera su peluquera, les sugeriría que optaran por la honesta masculinidad del gris.
En cuanto a la teoría de que el mundo sería mejor si las mujeres dirigieran los bancos , no consigo encontrarle mucho sentido. Es cierto que hay muchas mujeres a las que no les gusta el riesgo y que recelan de los arriesgados derivados, pero, en cualquier caso, tampoco son la clase de mujeres a las que veríamos trabajar hasta la extenuación en un banco.
El argumento a favor de las mujeres sólo tiene cierto mérito en el caso de BP: Tessa Hayward no habría obtenido mejores resultados que Tony a la hora de introducir sellos de goma en el agujero para contener el vertido, pero no hay duda de que no habría dicho que quería recuperar su vida.
Sólo existe una diferencia clara entre directivos y directivas: las mujeres muestran una seguridad mucho menor en sí mismas y buscan una mayor aprobación, por lo que es menos probable que metan la pata. Cuando se trata de pifias, las mujeres no pueden competir.
La razón de que las mujeres no cometan, relativamente, errores, es que en la mayoría de las ocasiones estos se producen en momentos de descuido. Las mujeres suelen bajar la guardia cuando están con gente de su mismo sexo, y las mujeres poderosas casi siempre están rodeadas de hombres. También se debe a que las mujeres no van por ahí diciendo lo primero que se les pasa por la cabeza.
Puede ser un aspecto negativo a la hora de aspirar a un cargo de responsabilidad, pero teniendo en cuenta que las meteduras de pata son en la actualidad el principal motivo para acabar con una importante carrera, es un rasgo bastante útil a la hora de sobrevivir.
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