
LA COLUMNA
Publicado el 10-03-2010 por Lucy Kellaway, columnista de Financial Times.
Hace un tiempo, durante un almuerzo con el consejero delegado de una conocida empresa de la City de Londres, este me dijo que cada vez que va a una cena, da su opinión a los invitados que le rodean sobre la calidad de su conversación.
Así, podía decirle a alguien que aunque había disfrutado escuchando sus opiniones sobre la comisión de investigación Chilcott, podría haber mantenido más contacto ocular y haberle hecho algunas preguntas. O que, pese a estar interesado en las escuelas que habían elegido para sus hijos, podrían haber resumido un poco el tema o no haber alardeado tanto.
Cuando me dijo esto, me sorprendí. ¡Qué vulgar!, pensé. Pero cada vez que he asistido a una cena y me he sentado junto a personas que no aportaban nada, me he acordado de él y he deseado ser lo suficientemente valiente como para ofrecer consejos sobre cómo podrían mejorar.
El pasado lunes, me senté junto a un importante banquero en un evento formal. Era inteligente y tenía una bonita sonrisa, y pensé que nos estábamos llevando bien. Después del café, su esposa se acercó a él y le preguntó si estaba listo para marcharse. "Lo estoy deseando", declaró en voz alta.
Como había tomado más alcohol de lo recomendable en una noche de lunes, le dije que lo que había hecho era increíblemente grosero; que hasta ese momento había disfrutado de su compañía, pero que ahora lo había echado todo a perder. Era la opinión perfecta: espontánea, sincera y específica, en tiempo real y cara a cara. A juzgar por la expresión de su cara, estoy bastante segura de que tuvo efecto.
Antes, esa misma tarde, había dado una opinión no tan perfecta. Me preparaba para salir cuando apareció un hombre en la puerta con una carpeta intentando recaudar dinero para una organización benéfica a favor de la gente sin techo. Tenía un aspecto algo lastimoso, así que le pedí que pasara. Con una lentitud exasperante, rellenó los formularios y, cuando acabó, sacó otros más extensos. Me preguntó si me importaría responderlos y completé dos páginas de preguntas sobre su actuación. ¿La persona le ha dado suficiente información sobre la organización? ¿Ha sido educada? Marqué varias opciones más o menos al azar y le devolví el cuestionario.
Este ejercicio acabó conmigo y fue completamente inútil. La única información relevante sobre una persona encargada de recaudar fondos es si cumple con su cometido y este hombre en concreto lo había hecho, –aunque la cuantía era bastante escasa–.
La opinión es un término feo y también un mal negocio. No existe ya ninguna transacción o relación comercial que no demande una opinión. Me invitan constantemente a rellenar formularios para describir lo que pienso de mis jefes, del director del colegio de mis hijos, del consejo de la empresa del que formo parte como consejera no ejecutiva y del hombre que acaba de desatascar la alcantarilla. La opinión importa porque es útil para descubrir lo que piensan otras personas. Por desgracia, no existe una fórmula para averiguarlo. El único medio de hacerlo es la espontaneidad.
Los que mejor expresan sus ideas son los adolescentes. No todas sus respuestas tienen un uso práctico: "Eres una bruja" no te ayuda a dejar de serlo. Pero las opiniones de los adolescentes son de un valor incalculable a la hora de decirte que tu voz no suena sincera o que el nuevo vestido que te has comprado es espantoso. Mientras que nunca ha cambiado nada porque haya marcado una casilla en un formulario, gracias a las opiniones de unos adolescentes, me he deshecho del vestido y he intentado ser más genuina.
El problema con la adopción del modelo de los adolescentes es el miedo. Nos callamos porque tenemos miedo. La dificultad de utilizarlo en las cenas son las formas. Sin embargo, se trata de una idea equivocada. Si aceptas una invitación a cenar estás firmando un contrato que dice: ya que me dan de comer, voy a esforzarme por ser interesante y prestar atención. A la gente que no cumple sus contratos, habría que decírselo sin rodeos. Por expresar esas opiniones no se es grosero o vulgar. Se trata de un servicio público.
| Puesto/Empresa | Población |
|---|---|
Madrid Madrid |
|
Palma De Mallorca Baleares |
|
Madrid Madrid |
|
Badajoz Badajoz |
|
Madrid Madrid |
|
|
|
Facebook|
Twitter| © 2010 Unidad Editorial Internet, S.L.