¿Educación para el trabajo? No, gracias

Publicado el 04-03-2010 por Emilio Solís. Director General Adjunto Ray Human Capital

Hace unas semanas, en este mismo medio, publicaba un ilustre colega un artículo titulado "Educación para el trabajo". Era un artículo interesantísimo en el que José Manuel Casado abogaba por la necesidad de adaptar de forma inmediata el sistema educativo español a las necesidades de las empresas y del sistema productivo.

Al final del artículo, como muestra de la vehemencia con la que defendía sus ideas, José Manuel defendía incluso la creación de un Ministerio de "Educación para el Trabajo". Pues bien, en caso de que el presidente del Gobierno, que es quien puede crear ministerios, haya leído el artículo, confío en que haya respondido lo mismo que yo: "No, gracias", ya que un Ministerio de "Educación para el Trabajo" podría significar el fin de la Educación y del Trabajo, nobles conceptos ambos, llenos de riqueza moral y humanidad… pero por separado.

No, definitivamente, no. No debemos supeditar la Educación al Trabajo.
Porque esta idea que continuamente oímos y que se ha convertido en una idea fuerza de primer nivel, hasta el punto de que ha forzado una reforma educativa universitaria que no sabemos a qué nos conducirá, es una idea, en mi opinión, algo pobre y un tanto peligrosa.

La Educación debe ser, por encima de todo, un ámbito de libertad y de excelencia en la transmisión de conocimientos, experiencias, saberes, valores, normas… que trascienden con mucho el ámbito concreto del Trabajo. La escuela, el instituto, la universidad, deben ser espacios de aprendizaje y socialización, de desarrollo de aptitudes y crecimiento moral de los hombres y las mujeres que en ellos se forman.

Ya sé que, en el mundo real, no son los espacios ideales que deberían ser, pero me resulta difícil aceptar la idea de que sí lo serían si los reformáramos por la vía de su adaptación y supeditación a las necesidades del Trabajo y del sistema productivo y económico.

La Educación con mayúsculas no puede definirse, ni siquiera orientarse, por las necesidades de las empresas. Lo que necesiten las empresas, que lo busquen y lo paguen ellas a través de su actuación en el mercado de trabajo. No tienen por qué imponérselo a todos los ciudadanos por la vía de las leyes educativas y obligarles, además, a pagarlo con sus impuestos.

Por ejemplo, en muchas ocasiones se dice que en España faltan investigadores y personal científico y técnico de todo tipo, achacando a esta escasez el hecho de que el panorama científico e investigativo de nuestro país sea tan anémico y endeble. ¡Es que faltan titulados de estas especialidades! ¡Es que la universidad no forma el personal que las empresas necesitan!, gritamos continuamente desde el mundo de la empresa los que tenemos alguna responsabilidad de dirección.

Y es realmente curioso que todos aceptemos estas afirmaciones sin discusión alguna, cuando cualquier razonamiento que hiciéramos, por muy superficial que fuera, nos haría ver que las cosas son justo al revés. Porque es la ausencia de un sistema empresarial comprometido con la I+D+I la que provoca que no haya muchos más jóvenes interesados en este tipo de estudios y de carrera profesional, y no al contrario.

No me cabe la más mínima duda de que si el sistema productivo español ofertara con claridad al mercado profesional más y mejores puestos, con buenas condiciones laborales y económicas, de todas aquellas especialidades que todos decimos que escasean, en muy poco tiempo se lograría equilibrar la oferta y la demanda de forma adecuada para nuestras empresas.

El Trabajo, como la Educación, es un espacio humano de extraordinaria importancia, aunque sólo fuera por el tiempo que pasamos en él. Pero no es un espacio de libertad sino principalmente mercantil. Aún así en el Trabajo queremos realizarnos personal y profesionalmente y en él obtenemos los medios para vivir nosotros y nuestras familias. Nuestra dignidad personal está ligada de forma muy íntima al Trabajo, como bien sabe cualquiera que lo haya perdido.
Personalmente creo que, en términos de desarrollo vital, el Trabajo es un espacio humano más relevante y decisivo que el de la propia Educación.

Pero ¿significa esto que debamos supeditar la Educación a las necesidades derivadas de Trabajo o de la economía o del sistema productivo? ¿Dónde quedarían todas aquellas dimensiones de la Educación que nada tienen que ver con el Trabajo, ni con la economía ni con el sistema productivo? ¿Qué papel jugaría la Educación como factor de movilidad y de promoción sociales si sólo se atendiera a lo que, en cada momento, exigieran las empresas?

Nuestro país tiene muchos problemas y, es verdad, uno de los más graves es el de la Educación.

Pero ¿y el Trabajo? ¿No existe problema intrínseco alguno en este ámbito? Yo creo que sí, y voy a poner sólo tres ejemplos.

Primero, tenemos un sistema productivo que es capaz de generar dos millones de desempleados en un año. En estas condiciones, ¿qué empresario o directivo de empresa puede levantar la mano y tirar alguna piedra contra el sistema educativo? ¿Cómo es posible que se acuse, desde el mundo de la empresa a la universidad española, de ser una "fábrica de parados"? La verdadera fábrica de parados es el sistema productivo y económico español como lo demuestra la actual situación.

Segundo, tenemos un sistema productivo a la cola de la competitividad y la productividad de los países desarrollados. En estas condiciones, ¿qué directivo de empresa puede impartir alguna lección al sector educativo sobre cómo organizarse mejor o gestionar mejor sus recursos humanos y técnicos?

Tercero, en un sistema de empresas en el que el 80% de ellas no invierte nada en la formación, esta sí enfocada directamente hacia el trabajo, de sus empleados, generando con ello un enorme derroche de potencial de talento y capacidades, ¿quién de nosotros (directivos de empresa) puede atreverse a emitir juicio admonitorio alguno sobre los problemas de la Educación española?
En fin, que quizá sería mejor que los profesionales de la empresa empleáramos nuestras fuerzas en mejorar nuestra propia casa, antes de pretender dar lecciones a otros, a menos que queramos enseñar sobre qué cosas no deben hacerse.

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