
EL TÓPICO
Publicado el 15-02-2010 por Pilar Cambra.
No me lo nieguen: cuando exclamamos, llenos de gozo y alborozo, "¡venga: un día es un día!" lo que sucederá de inmediato es que nos vamos a "soltar la faja", literal o metafóricamente.
Permítanme una brevísima introducción de "ideología de género"… Creo que los caballeros, a diferencia de las señoras, jamás llegarán a comprender –y a experimentar– el alivio que implica "quitarse la faja"… Ya está.
Pero, en fin, mujeres y hombres sabemos estupendamente bien la promesa de placer –lícito, naturalmente– de la que está preñada la exclamación "¡un día es un día!"… Sí: al aceptar de todo corazón que, en cierta jornada, vamos a escaparnos de la rutina, de nuestros inveterados hábitos y costumbres para darnos una fiesta, una fiestecilla, una pequeña o gran gira por lo que, normalmente, nos vedamos a nosotros mismos, nos sentimos de inmediato más jóvenes, más altos, más delgados, más ágiles, más guapos, más irresistibles.
¿Dos ejemplos?... Supongamos que uno es de esos sufridores que ganan sobrepeso en un decir "amén" y que, por consiguiente, se pasan la existencia nutricional a dieta de verduritas y pescado a la plancha. Y, de pronto, alguien le invita a uno a un suculento almuerzo rebosante de grasas, con irresistibles salsas –de esas en las que sería casi un pecadillo no mojar pan– y coronado por un postre con mucha, muchísima nata… ¿Qué hace uno?: ¡pues, naturalmente, ponerse las botas y, además, sin ningún cargo de conciencia!... Entre otras cosas porque hasta los más estrictos y severos especialistas en nutrición aconsejan ese "¡un día es un día!", una gran fiesta gastronómica de vez en cuando para evitar la cierta tristeza, la sombra de melancolía que acaba produciendo –además de una figura perfecta, eso sí– el sometimiento a las verduritas y el pescado a la plancha…
Otro fantástico supuesto: el horario de uno es espartano; el trabajo de uno –o cualquier otra disciplina autoimpuesta que incluya deportes, por ejemplo– supone acostarse poco más tarde de la puesta del sol y levantarse –de un salto, para mayor inri, al primer ring del despertador– en cuanto amanece… Pero una tarde –ni de viernes ni de sábado–, le proponen a uno asistir a un concierto de El canto del loco, de Alejandro Sanz o de Joaquín Sabina que, desde luego, se prolongará hasta más allá de la medianoche. Porque, tras el concierto, una copitas y tal y tal… Irresistible: un día es un día y compensa pasar la jornada siguiente con cierta jaqueca que aliviarán dos aspirinas y tres litros de agua. ¿O no?
Ustedes dirán que lo que estoy describiendo se parece como una gota de agua a otra a los "novillos" de nuestros años escolares… Y sí que se parece, sí; la única diferencia es que esas “vacaciones” de unas cuantas horas que nos regalamos a nosotros mismos de uvas a peras cuando somos adultos no son ninguna trasgresión y no nos arriesgamos a sufrir ningún castigo.
Lo que yo me pregunto algunas veces es el porqué esa "ruptura" de hábitos, de rutina, de monotonía que tan beneficiosa y estimulante es cuando se refiere a la comida, al ocio, no la aplicamos casi nunca a las jornadas de trabajo.
Cierto que determinadas profesiones –tal vez la suya y la mía– se caracterizan, precisamente, por lo muy distintas que son nuestras jornadas, por la variación continua, por la sorpresa que nos deparan. Y, sin embargo, aún en esos casos, ¿no buscamos todos el refugio de la rutina, de hacer acopio de reacciones iguales antes problemas similares para sentirnos más cómodos, más confortables en nuestro trabajo? O sea: la faja que, si bien es verdad que aprieta, no es menos cierto que embrida nuestras decisiones y las ampara ante cualquier riesgo.
¿Qué significaría practicar el "un día es un día" de vez en cuando en nuestro trabajo? Pues muchas cosas: desde interesarnos por algún aspecto de nuestra empresa que no tiene nada que ver con nuestra actividad hasta invitar a una cerveza –o a un café– a ese recién llegado del que no sabemos nada; desde hacernos cargo de una tarea que se nos ha resistido hasta ese momento a soltar lastre de papelotes acumulados; desde tratar de recomponer la buena relación con ese colega con el que nos peleamos por algo banal hasta montar una celebración por un éxito de nuestro equipo, por mínimo que sea.
El "un día es un día" puede traducirse, también, en dar una importancia máxima, preñada de ilusión, a las metas personales cotidianas: terminar brillantemente ese informe que se nos viene resistiendo… Les aseguro que el cumplimiento de esas metas a las que nosotros mismos damos brillo y esplendor es el mejor camino para alcanzar las grandes metas.
La vida profesional no es –ni tiene por qué ser– una fiesta cotidiana. Si lo fuese, si la convirtiéramos en un desparrame y en un "novillo" diario, perdería la emoción y el atractivo de lo excepcional… Pero tampoco es un funeral de tercera que nos montamos nosotros mismos a base de aburrimiento. Hasta ahí podríamos llegar…
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