
Publicado el 03-02-2010 por Ignacio García de Leániz, Consultor de comportamiento humano
Hay películas que poseen una cualidad ciertamente valiosa: ser necesarias. Son aquellas que, a pesar de sus imperfecciones, hacen que el cine se convierta en testimonio. Con frialdad, Jason Reitman disecciona en 'Up in the air' el cúmulo de tragedia, contradicción e hipocresía que se puede esconder en el mundo de los recursos humanos.
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Up in the air es una imperfecta obligación inexcusable para quien quiera afrontar con franqueza y sin paliativos la realidad del mundo de los recursos humanos en esta crisis que nos asola. Por eso tiene tanto mérito su director, Jason Reitman, al fijar su cámara ante una consultora de recursos humanos especializada en outplacement, entendido aquí como gestión pura y dura del despido.
Su ejecutivo estrella es Ryan Bingham (George Clooney) que viaja por todo Estados Unidos –240 vuelos anuales y 320 días cada año fuera de su apartamento– ejecutando la misma tarea con diversos clientes: comunicar cara a cara a los empleados designados por la dirección contratante sus despidos y los términos de éste. Bingham viene a suplir la cobardía de los departamentos que evitan precisamente dar la cara para comunicar la funesta noticia. Por todo ello, nuestro protagonista y su compañía matriz facturan unas cantidades muy respetables. En teoría los términos del acuerdo con la empresa cliente incluyen un difuso seguimiento posterior de los despedidos. En la práctica, ni Bingham ni nadie en su consultora cumple esa parte. Los cadáveres no precisan de consejos. Tampoco a la compañía le va a preocupar el día después de un ex-empleado, piensa Bingham no sin razón. Las entrevistas de despido las realiza con gran asepsia, seriedad, y dominando perfectamente las emociones. Su éxito como heraldo eficaz de la muerte laboral le hace ser reclamado aquí y allá.
Retrato del ejecutivo instantáneo
Pero la vida de Bingham carece en rigor de argumento, a poco que la analicemos. Por eso ha hecho del viajar su modus vivendi. Vive en el vértigo mismo, al borde siempre del récord, en pleno frenesí: vuela 300.000 millas al año y tiene todo tipo de puntos acumulados. Incontables las tarjetas de fidelización y sus hoteles aquí y allá le son más hogareños que su apartamento en su ciudad, Omaha. Carece de residencia, y como vive en un perpetuo presente, Bingham no tiene nostalgia que mire al pasado. Tampoco puede comprometerse afectivamente.
Por eso no le supone ningún cargo de conciencia comunicar a un trabajador desconocido en una breve entrevista la ruptura del compromiso psicológico por parte de la empresa y sin ese conato de empatía, Bingham resulta puro desarraigo, lo que le hace a su vez tan eficaz en su tarea. Además, su vida circular le impide proyectarse en el futuro: su única meta es conseguir los 10 millones de millas con American Airlines para poder ser miembro del selecto club de los happy few que tienen ese gran honor. American le cubre sus necesidades de afiliación. La anatomía que hace Reitman del vacío vital e infantilismo ejecutivo es muy real.
Entre despido y despido, Bingham además factura sus buenos dólares como conferenciante para directivos sobre temas de motivación. Repite sin cesar una misma charla, que es en sí misma una solemne estupidez de las que tanto se estilan. Todo muy real: el ojo crítico de Jason Reitman nos hace ver la banalidad y a menudo la patraña que envuelve la parafernalia de la cultura de los recursos humanos. Parafernalia que se lleva el viento en cuanto empiezan los despidos masivos, tal que ahora. Esa es la otra gran parte de la película.
Frente al silencio imperante, nuestro director aborda sin tapujos el gran tabú –y el gran fracaso– de la estructura empresarial: las reducciones de empleo con sus entrevistas de despido y la posibilidad de su outsourcing. Reitman nos describe multitud de ellas con reacciones de los entrevistados que van desde la ira hasta la incredulidad. Pero todas las entrevistas tienen algo en común: su imprevisibilidad, su índole de shock y la inocencia del despedido que no comprende qué ha hecho para merecer eso. Es el momento en que el sujeto percibe nítidamente que es un recurso y ciertamente variable. Es el instante, apenas unos segundos, donde el discurso sobre el capital humano, o el activo más valioso demuestra su inconsistencia. Y así, sin concesión alguna, se nos expone insuperablemente la quiebra vital y violación que supone un despido inocente en tanto que a las víctimas no se les despide por haber hecho algo, sino por ser alguien. Y, de paso, entendemos cómo a resultas de todo ello el despedido se hermana con el desdichado, según intuyó Simone Weil en su traumática experiencia en Renault.
Para optimizar los costes logísticos, la consultora de Bingham diseña un nuevo producto: realizar las entrevistas de despido ya no en real, sino en remoto a través de videoconferencia. Así se evitan tantos vuelos, hoteles, dietas, etcétera, además de riesgos innecesarios para el consultor. La idea tiene su lógica (infernal, pero lógica): si las empresas externalizan comunicar los despidos, también la consultora puede externalizar en las nuevas tecnologías el bis a bis que supone una entrevista. Y esa dialéctica instrumental nos ofrecerá la escena más antológica y estremecedora de la película: cómo un consultor comunica por videoconferencia a un trabajador su despido. Tal vez sea la escena de la década. Jason Reitman ha filmado un muy serio aviso a los navegantes en plena galerna. A pesar de no ser perfecta, vayan a verla. Es necesaria.
'Up in the air'
Director: Jason Reitman
Nacionalidad: Estados Unidos, 2009
Género: Comedia
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